
La agricultura ocupa un lugar central en la economía y en la sociedad colombiana. Representa alrededor del 8,7% del PIB y el 14,4% del empleo, y constituye la principal actividad económica de muchas zonas rurales. Al mismo tiempo, Colombia combina una enorme riqueza de recursos naturales y biodiversidad con profundas desigualdades territoriales. Muchos pequeños productores enfrentan limitaciones de infraestructura, acceso a mercados, financiamiento, tecnología y asistencia técnica. En este contexto, el cambio climático no constituye simplemente un nuevo problema ambiental: actúa sobre un sistema agroalimentario que ya presenta importantes vulnerabilidades estructurales.
El aumento de las temperaturas, una mayor variabilidad de las precipitaciones y la ocurrencia de sequías, inundaciones y otros eventos extremos afectan directamente los cultivos, la ganadería, los suelos y la disponibilidad de agua. Pero los impactos no terminan en la finca. Una carretera rural dañada puede impedir sacar la producción; la pérdida de una cosecha afecta los ingresos y la capacidad de pago del productor; cambios en la oferta pueden modificar los precios y el abastecimiento de alimentos. El riesgo climático se transmite así a través de toda la cadena agroalimentaria.

Esto resulta particularmente importante en Colombia. La distancia a los mercados, la calidad de la infraestructura rural, el acceso limitado a capital y tecnología y las brechas de conocimiento y extensión condicionan la capacidad de respuesta de los productores. En muchas zonas rurales estos factores se combinan además con informalidad en la tenencia de la tierra y en la comercialización. Por ello, un mismo evento climático puede tener consecuencias muy distintas dependiendo del territorio y de la capacidad de los actores para anticiparse, adaptarse y recuperarse.
La pregunta, entonces, no puede limitarse a cómo adaptar una tecnología agrícola al cambio climático. Debemos preguntarnos si el propio sistema agroalimentario necesita transformarse. Aquí resulta útil la teoría de transiciones. Siguiendo desde esta perspectiva, muchos sistemas agrícolas modernos se han desarrollado alrededor de una lógica de productividad, eficiencia, especialización, escala y crecimiento. Este modelo ha permitido grandes avances en producción, pero también ha generado presiones sobre los suelos, el agua, la biodiversidad y el clima. Cuando estas presiones se acumulan, mejorar marginalmente el sistema existente puede dejar de ser suficiente.

Por ello, es importante distinguir entre resistir, adaptar y transformar. Resistir significa proteger el sistema frente al próximo choque. Adaptar implica modificar variedades, prácticas productivas, sistemas de riego o fechas de siembra para funcionar bajo nuevas condiciones. Transformar va más allá: significa modificar tecnologías, modelos productivos, cadenas de valor, formas de financiamiento, instituciones, incentivos y relaciones entre los diferentes actores. Una transición no ocurre automáticamente porque exista una crisis. Requiere alternativas viables, experimentación, aprendizaje y capacidad para llevar las innovaciones a escala.
El cacao colombiano ofrece un ejemplo concreto de este proceso. Aproximadamente el 95% de la producción proviene de pequeñas y medianas explotaciones y el cultivo está presente en 29 de los 32 departamentos del país. Además, cerca del 80% de la producción corresponde a cacao fino de aroma, lo que ofrece oportunidades de diferenciación y acceso a mercados de mayor valor. El cacao puede integrarse en sistemas agroforestales que combinan producción con conservación de biodiversidad, recuperación de suelos, regulación hídrica y captura de carbono. En Colombia, también se ha promovido como una alternativa productiva en territorios afectados por el conflicto, los cultivos ilícitos y la degradación ambiental.
Pero este ejemplo también muestra que una transición sostenible requiere mucho más que introducir una nueva práctica en la parcela. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) identifica catorce iniciativas de sostenibilidad en el sector cacaotero colombiano, con un creciente énfasis en agroforestería, prevención de la deforestación, capacitación, sistemas de información, trazabilidad y certificación. Sin embargo, persisten desafíos relacionados con productividad, infraestructura rural, asistencia técnica, acceso a financiamiento y la capacidad de los pequeños productores para cumplir con nuevos requisitos ambientales y comerciales.
Aquí cambia también el papel de la investigación agrícola. Ya no basta preguntar “¿qué tecnología aumenta el rendimiento?”. Necesitamos saber qué prácticas agrícolas sostenibles funcionan, en qué condiciones, por qué son adoptadas o rechazadas por los productores y cómo pueden escalarse. Esto requiere combinar agronomía, clima, economía, comportamiento, mercados, instituciones y políticas públicas. La investigación debe estar mucho más cerca de los problemas reales de productores, empresas y territorios, generando evidencia que permita pasar de experiencias aisladas a cambios de mayor escala.

Precisamente esta es la visión del Doctorado en Sistemas Agroalimentarios Sostenibles. Es un programa con enfoque latinoamericano que busca formar profesionales capaces de analizar los sistemas agroalimentarios de manera integral y, especialmente, de desarrollar investigación aplicada sobre prácticas agrícolas sostenibles y procesos de transformación. Los estudiantes trabajarán sobre problemas reales de la región, evaluando innovaciones, entendiendo las condiciones que favorecen su adopción y generando evidencia que contribuya a su escalamiento.
El doctorado reúne profesores y especialistas vinculados a la Universidad Zamorano (Honduras), Centro Internacional de la Papa (Perú), Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (México) y la Alianza Bioversity International–CIAT (Colombia), conectando la formación doctoral con algunas de las principales redes de investigación agrícola y agroalimentaria de América Latina. El programa cuenta además con oportunidades de beca, facilitando la participación de profesionales de distintos países y fortaleciendo una comunidad regional de investigación y aprendizaje.
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Frente al cambio climático, el reto no es solamente hacer la agricultura colombiana más resistente. Necesitamos generar conocimiento, experimentar con nuevas soluciones y formar personas capaces de conectar ciencia, productores, empresas, territorios y políticas públicas. El objetivo del doctorado es contribuir a formar esos agentes de transformación y producir la evidencia necesaria para construir sistemas agroalimentarios más sostenibles, resilientes e inclusivos en América Latina.
Sobre la Universidad Zamorano
Fundada en 1942, Zamorano es una universidad con una larga tradición y prestigio. Es considerada por los gobiernos y el sector privado como un socio estratégico para el avance de programas agrícolas y empresas que benefician no solo a Honduras, sino a toda América Latina. Su campus es un jardín botánico que abarca 4,500 hectáreas, ubicado en el corazón de las Américas en Honduras, a tan solo 30 kms. de Tegucigalpa. Cuentan con laboratorios, centros de investigación, unidades de producción y comercialización, así como un parque agroindustrial para el aprendizaje práctico en entornos reales.
Protegen la Reserva Biológica Uyuca, que abarca un área total de 907 hectáreas repleta de biodiversidad en fauna y flora. Tenemos un parque solar que suministra el 37% de la demanda energética de Zamorano.
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